Volver a empezar


He estado tiempo sin escribir. Meses. Y espero que, esta vez de verdad, no vuelva a ser así. En esta ocasión han sido más las ganas que otra cosa. No ha sido un verano sencillo, especialmente al final. Pero voy a hacer un resumen de todo lo que ha pasado hasta ahora, hasta llegar a la situación en la que me encuentro. Va a ser algo mucho, muchísimo más escueto y resumido que lo que pensaba hacer en un principio, pero aun así esta entrada va a ser larga, porque incluye muchísima información.



ABRIL

El mes de abril se venía algo movidito. Nada más empezar ya tenía algunas recuperaciones a las que me tenía que presentar, fruto del bajón de notas que di en marzo. A mediados de mes, justo antes de la Semana Santa, iba a tener lugar un torneo de jugger a nivel nacional en Zaragoza, tras el cual iba a seguir hacia el norte hasta Santander, para pasar unos días con Yulia en su casa de allí. Luego, el día 25 tenía la cita que pedí el mes pasado con la psiquiatra para que me derivase al endocrino.


Empezó bien, la verdad. Subí considerablemente las notas en todos los módulos a los que me presenté, a niveles de la primera evaluación, o incluso por encima en algunos casos.

El viaje hasta Zaragoza lo íbamos a hacer Marcos y yo en tren, haciendo escala en Barcelona. Un viajecito largo, pero que se me hizo bastante ameno por la compañía y por la costumbre que cogí en su día de viajar en tren. Al torneo no íbamos como equipo, no iba Fianna, sino un mix de gente de Fianna, Tribu Mahud y Magnethopollos. Nos llamábamos "Los Colégolas". El día 12 lo pasamos entero de viaje, y el torneo sería el fin de semana del 13 y el 14.

El torneo fue muy divertido, y una gran experiencia que tengo ganas de repetir el año que viene si se dan las circunstancias. Podría decirse que "conocí" a Yulia (nos conocíamos de vista de antes, llevábamos tiempo hablando pero nunca habíamos hablado cara a cara), de lo cual tenía ganas desde hacía tiempo. Hizo mucho, mucho frío por la noche, y recuerdo que fue divertido apañárnoslas entre todos para que ninguno pasara frío debido a la escasez de mantas y edredones. También conocí (sin comillas esta vez) a Yolanda, una chica maravillosa de Linces, un equipo cordobés. Fue un torneo diferente, tanto por el ligero cambio de reglas respecto a la normativa del resto del país (para los lectores que no conozcan mucho en jugger, la comunidad de Zaragoza tiene una normativa y unas reglas que difieren un poco del reglamento que se aplica al resto de torneos en España, son un núcleo totalmente independiente del resto) como por ser mi primer nacional como "freelancer", es decir, no ir con mi propio equipo. Y por cierto, aunque realmente sea algo simbólico que no refleje necesariamente la realidad, me dieron un diploma a la mejor Q-Tip (el Q-Tip es el arma que yo utilizo en jugger) del torneo:






No quiero dejar de mencionar, aunque quizá me extiendo mucho en esto para lo larga que va a ser la entrada, en una cosa que hice en ese torneo. Fue la primera vez en mi vida que utilicé el vestuario femenino. Tanto el sábado al acabar los partidos como el domingo al terminar el torneo. Al principio iba un poco nerviosa, pero sólo un poco. Una vez dentro, fue una sensación de extraña normalidad. Era la primera vez que lo hacía, pero me sentía como si llevase mucho tiempo haciéndolo. De hecho, siempre había tenido un atisbo de vergüenza en el vestuario masculino todas las veces que lo había usado, pero no me pasó en aquella ocasión. Ni tampoco pasó en futuros torneos en los que, evidentemente, seguí utilizándolo. Dentro del vestuario había conmigo algunas chicas que conocía y otras que no. Y ninguna, absolutamente ninguna pareció extrañarse de verme allí, o por así decirlo, puso pega alguna. Eso era lo único que me podía preocupar, no era el "miedo" o la vergüenza que yo pudiese tener, era la reacción del resto de chicas lo que me tenía algo nerviosa. Pero no ocurrió absolutamente nada malo.

De hecho, ya habiendo salido del vestuario pensé en una multitud de cosas negativas que podían haber ocurrido, pero que antes de entrar ni siquiera se me habían pasado por la cabeza. Una es, por ejemplo, el hecho de que no habiendo nunca estado en un vestuario femenino, es decir, desnuda delante de varias chicas a su vez desnudas, pudiera haberme dado mucha vergüenza, o por el contrario, llegar a tener una erección involuntaria. Podría haberme pasado también en el vestuario masculino en su día, aunque hubiera sido mucho menos probable. Y afortunadamente nada de eso ocurrió en el femenino tampoco.



Terminado el torneo, fuimos en furgoneta hasta Santander, y me alojé en casa de Yulia unos días, desde esa noche del domingo 14 hasta la mañana del viernes 19, cuando tenía la vuelta a Cartagena programada. La estancia con Yulia fue algo genial. Ella es desarrolladora web, trabaja como autónoma haciendo páginas web para clientes. Yo estoy estudiando un grado superior de desarrollo web, y ver el entorno de trabajo real de una amiga que trabaja en un campo similar al que espero dedicarme yo dentro de poco me gustó mucho. También dimos algunas vueltas por la ciudad; y en ocasiones mientras ella trabajaba yo me iba sola a descubrir sitios por Santander. Es un lugar precioso; hasta el punto de empezar a hacerme cambiar de parecer sobre si realmente quiero vivir en la zona de la península en la que vivo hoy día siempre, pese a tenerlo ahora mismo prácticamente todo aquí.

Uno de los días, Yulia me llevó con el coche por los alrededores de la ciudad. Visitamos unos acantilados que daban al Cantábrico, y eso era algo que yo no había visto en mi vida. Era sencillamente una maravilla. Todo verde, el mar golpeando con toda su fuerza la costa, la ausencia del calor sofocante del sur, e incluso animales de granja casi al alcance de la mano:










Fuimos también a una colina cercana desde la que se veía Santander, Astillero (Astillero es un pueblo que hay al lado de Santander, donde se hacen algunos torneos nacionales de jugger en verano) y todos los alrededores, incluso fijando la mirada a lo lejos llegaban a verse los Picos de Europa, en la frontera Cantabria-Asturias-Castilla y León.

Evidentemente durante esos viajes íbamos hablando, de todo tipo de cosas. Nos fuimos conociendo más la una a la otra, hablamos de nosotras mismas, de nuestra vida, de cómo nos sentíamos, ella me contó cómo había llegado a trabajar de desarrolladora web y me habló de su experiencia, y me dio consejos que hoy día he empezado a aplicar de cara a enfocar mis estudios y en general mi vida parcialmente de otra manera.



Tanto durante esos momentos como en general durante toda mi estancia allí, hablamos muchísimo. La acompañé un día a hacer la solicitud de cambio de DNI, otra noche fuimos a cenar las dos solas y en otra ocasión en compañía de unos amigos suyos, y también pasamos ratos en su casa. Estuve conviviendo con Banana y Papaya, dos gatitas preciosas y juguetonas, aunque Papaya sea algo tímida y no terminara de cogerme confianza del todo.

Nos contamos mutuamente algunas inseguridades que teníamos la una a la otra, y eso es algo que me gustó. Aprecio mucho ese tipo de confianza en una persona, aunque quizá no se lo dije a ella en su momento. Y ella hablaba, de cara a algunas cosas, desde la voz de la experiencia, una experiencia que yo no tenía, especialmente (pero no sólo) en cuanto a la transición. Muchas experiencias y miedos comunes; no todos, claro, pero muchos sí.

Y por supuesto, entrenamos jugger. Dos días nada menos. El miércoles por la tarde fuimos a un pabellón cedido por un centro educativo muy cerca de su casa, y entrenamos durante dos horas. La primera hora aproximadamente fue casi todo entrenamiento puramente físico, y ciertos ejercicios de jugger, como atacar dos pompfers a la vez a un tercero, de forma que el defensor tiene que aprender a lidiar con la situación (por lo general acabando lo antes posible con uno de ellos evitando al segundo) y los dos atacantes a coordinarse para atacar; y el resto del entrenamiento hicimos partidos de jugger. El jueves, sin embargo, entrenamos en exterior, en una pista en vez de césped debido a que llovía e iba a estar todo embarrado. 





El viaje en su conjunto fue una experiencia inolvidable que espero repetir cuando sea posible. Quisiera haberme extendido más, incluso haber dedicado a esto una entrada entera, pero antes incluso del viaje dejé abandonado este blog, y si me extiendo más con esta entrada no voy a acabarla nunca. Quizá más adelante lo haga, a modo de entrada-flashback. Puede ser buena idea.

Gracias por todo, Yulia.




Tras regresar del viaje, solamente pensaba en la cita del día 25. Faltaba todavía una semana, que se hizo eterna. Pero esperé, día a día, y al final llegó.

El resumen de la cita con la psiquiatra es el siguiente:


"Yo no te puedo atender. Nunca he atendido un caso como el tuyo, te tiene que atender otra persona."

Por aclarar, con "un caso como el tuyo" se refiere a "una persona transgénero". Cinco semanas. Cinco putas semanas esperando para que en cinco minutos de mierda me dé un portazo de esa manera. Al menos me recomendó que pidiera cita con el endocrino, a lo que yo le dije que al hacerlo el mes anterior, la chica que me atendió me dijo que primero debía pasar por psiquiatra. Total, no sé de quién fue la negligencia, y por suerte a estas alturas me es indiferente. Pedí cita directamente con la endocrina y me fui. Tres semanas más me tocaba esperar. Estaba tan cabreada que incluso una discusión con mi madre que estaba teniendo por whatsapp justo antes de entrar, al salir ya me daba totalmente igual.

Por suerte las cosas iban a mejorar un poco, muy pronto, gracias a que tengo algún familiar trabajando en un hospital.




MAYO

Tenía cita con la endocrina para el 11 de mayo, creo recordar. En el Virgen de la Caridad, en Cartagena. Días antes mi madre me comentó que había hablado con mi tío David, que trabaja en la Arrixaca (Murcia) y le había contado lo de mi transición (cosa que en principio no lo iba a hacer con más familiares). Mi tío averiguó que en la Arrixaca había un endocrino que trataba frecuentemente casos como el mío, y que de hecho tenía cierto renombre en el tema. Así que por su propia cuenta, y tras hablar yo con él, me pidió cita con Pedro Segura, el endocrino.

Igualmente, fui el dia 11 a ver a la endocrina en Cartagena. Me dijo que antes de proceder con el tratamiento, debía hacerme unos análisis de sangre un tanto exhaustivos. Al mismo día siguiente hice la extracción. Sólo hubo un problema: me pedían analizar el cariotipo. Y eso al parecer costaba bastante más dinero que lo demás. Con lo cual, Asisa me puso todo tipo de trabas. Resumidamente, me pasé media mañana andando por Cartagena de un sitio a otro con papeles de Asisa que me tenían que dar en un sitio para firmarme en otro diferente... un follón. Al final me dijeron que de momento "Asisa no daba autorizaciones para analizar cariotipos" y me dieron con ello una patada en el culo. Me había quedado otra vez con las manos vacías. Sólo pensaba en que pocos días después tenía cita con el endocrino en la Arrixaca. No había considerado ese tipo de opciones antes, porque procuraba no tener que salir de Cartagena para llevar el tratamiento, ya que periódicamente tendría que acudir a revisiones, y quería ahorrarme los viajes.

Días después de aquella bazofia de mañana, acudí a la Arrixaca, donde estaba mi tío, y juntos fuimos a ver al endocrino. El endocrino, muy amable, me pidió explicarle lo que sabía hasta ese momento de cómo funcionaba el tratamiento hormonal (lo que sabía era prácticamente todo por Yulia y Sarah), y me dijo que yo estaba bien informada. El me lo explicó de nuevo con algunas pinceladas y una terminología más técnica. Y quedamos en que él me "dirigiría" el tratamiento. Por fin, ya tenía una vía para empezar con todo esto de verdad.

No pudo recetarme los análisis que necesitaba porque yo estaba en ese momento con Asisa, no dada de alta en la Seguridad Social. Tras el varapalo de las otras veces con Asisa, y viendo que con este médico iba a ser todo mucho más sencillo e iba a ser seguro, además de la experiencia que tenía, y que a través de la Seguridad Social iba a ahorrarme MUCHO dinero en el tratamiento, decidí con mi madre que me cambiaría a la Seguridad Social. De esta forma, a principios de junio, poco después de los exámenes finales del curso, tendría cita de nuevo con él y podría recetarme los análisis.



Bueno, la parte mala de mayo ya había terminado, por así decirlo. No he ahondado en mis emociones, de nuevo por no extenderme (hay emociones más adelante en las que ahondar, no pasa nada). Pero era frustración e impotencia a un nivel que casi nunca había tenido antes. Muy intensas, y no precisamente cortas en el tiempo. Me costaba relajarme y quitarme los pensamientos negativos de la cabeza. Empezaba a estar algo más susceptible a las cosas negativas, tuvieran o no que ver con la transición. Ya desde abril, y esto lo achaco al estrés, notaba que tenía cada vez menos paciencia con las cosas, y que tenía más facilidad para ponerme borde o dar respuestas cortantes o secas, que antes habría hecho un gran esfuerzo por evitar.

A final de mes tuve los exámenes de la tercera evaluación. Los aprobé todos, menos Sistemas y programación. Programación logré recuperarla, y además con un notable (me salió tan mal la recuperación que no sabía si la aprobaría, pero al final saqué un 7,5 si mal no recuerdo). Sistemas me quedaría para septiembre. Era la única asignatura que tenía para septiembre, con lo que en todo el verano debería darme tiempo a aprobarla de sobra.



JUNIO Y JULIO

A primeros de junio tuve los últimos exámenes del curso, cuyo resultado ya he descrito. Tras acabar el último, que fue la recuperación, sentí un alivio enorme. Los días siguientes me sentía muchísimo mejor que las últimas semanas, en las que había tenido momentos de bajones emocionales muy fuertes, lo que me confirma que, aunque no tuvieran que ver con los estudios, estaban muy condicionados a mi estado de estrés por los exámenes.

A los pocos días acudí de nuevo a la Arrixaca, para la cita que tenía con el endocrino. Recuerdo que discutí con mi madre un par de veces, la situación era algo tensa. Teníamos ciertas diferencias en cuanto a mí, yo estaba susceptible, y ella no terminaba de habituarse a mi estética femenina. Todo junto. Y en el fondo no la culpo por ello, al menos no del todo. No está en su mano el tener o no ciertos prejuicios, aunque sí está en su mano (y en la de cualquiera) el si los sigue o trata de afrontarlos.

Pedro Segura me dio todos los documentos necesarios para pedir los análisis correspondientes y para pedir cita con psicología, para llevar un seguimiento del tratamiento. Por ley no es obligatorio, al menos en Murcia, pero siempre es recomendable, él lo recomienda y yo misma lo veo como algo positivo.

En general junio fue un mes tranquilo. Se había terminado el estrés del curso y de cuándo podría dar los primeros pasos para empezar el tratamiento hormonal. Durante los siguientes días, acudí a Murcia de nuevo a extraerme sangre, tres tubos nada menos; formalicé la matrícula del segundo curso de desarrollo web en Cartagena, y acudí ya a primeros de julio a la cita con la psicóloga.

Sin embargo, había una cosa que me inquietaba especialmente. Mi hermana Alba, de 11 años, con la que comparto madre, todavía no sabía nada de mi transición. Primero fue la excusa de que debían decírselo ellos (mi madre y mi padrastro) y no yo, luego la de que era mejor esperar a terminar el curso (obviando que al principio del todo pensarían que mi cambio sería algo temporal, un simple venazo o crisis existencial, claro), una vez terminó el curso resulta que iba a ir a una escuela de verano y mejor esperar a que la terminase, tras la escuela de verano se fueron de viaje y mejor esperar a que volviesen... Total, no era más que alargar lo inevitable. Al final, a finales de julio, ya en mitad del verano, mi madre habló con Alba y, tal y como yo decía, no se lo tomó en absoluto como algo malo. De hecho empezó a referirse a mí en femenino y como Yeray al instante con una soltura casi como si llevase años haciéndolo. Era maravilloso.

Mi cumpleaños fue a finales de junio. Este año me felicitó mucha menos gente de lo habitual. El año anterior ya lo hizo poca gente respecto a los que solían hacerlo, pero este año fueron bastantes menos. Para mí, mi cumpleaños tampoco es un momento demasiado especial. Los días o momentos especiales son los que nosotros hacemos que lo sean, nada más. Pero en el fondo me sentí algo dolida por eso. No ya solo por la cantidad de gente que lo hizo o no, sino por gente concreta que esperaba que lo hiciese que no lo hizo.



En julio tenía intención de sacarme el teórico de conducir. No lo hice. Sin más. Me lo tomé con demasiada tranquilidad, estaba muy vaga, y sobre todo, no tenía motivaciones, necesidad o ganas de sacarme realmente el carnet de conducir, ya que aunque lo tuviera no tenía la menor intención de tener un coche en un futuro cercano. A mediados de septiembre esa mentalidad cambiaría (salvo por lo del coche, sigo sin tener intención de comprar uno) y me pondría realmente en serio con el tema.

No hice demasiadas cosas en julio, más allá de la cita con la psicóloga y un viaje a ver a mi tía y mis primos a Málaga. Llevaba años sin verlos, y me recibieron con los brazos abiertos. Además, al igual que casi toda mi familia ya, estaban al tanto de mi identidad real, y la convivencia fue muy bien. Mientras estaba allí, conocí a través de una aplicación de chat a Ariadna (Ari), una chica trans igual que yo, de un pueblo cercano. No llegamos a vernos, pero empezamos a hablar con cierta frecuencia las siguientes semanas.

Lo último destacable del mes fue cuando fui a visitar a mi hermana Sofía de apenas 5 años, con quien comparto padre, a Murcia. Estuve con ella y con mi madrastra, pero no con mi padre, que no estaba ese día en Murcia. Recuerdo, por cierto, que yo con mi padre no me hablo.

Fui "disfrazada" de alguien que no era yo. No tenía intención de hablar del tema con mi padre y por ende con mi madrastra todavía. Sin embargo, al poco de llegar mi madrastra me dijo que habían visto fotos mías con maquillaje y ropa de chica, que tanto a ella como a mi padre les hacían sospechar. Así que a ella se lo acabé contando. Me hizo ver que lo mejor sería decírselo a mi padre pronto también.

Días después, con mi padre ya en Murcia, fui de nuevo, esta vez no con intención de hacer visita sino con la única intención de hablar con él, sobre mí (y bueno, de paso me quedaría un rato). Mi idea era ir por la mañana y volver a casa de mi madre para comer. Fui por la mañana, pero mi padre había salido a hacer un recado. Cuando mi padre se enteró de que yo no iba a pasar el día allí (cosa que yo nunca dije que haría) ni quedarme a comer (cosa que tampoco dije que haría ni pensaba hacer, no quería estar con él, iba a hablar en persona con el porque era lo que tenía que hacer, era un esfuerzo por mi parte), se enfadó y dijo a través de mensajería móvil que podía irme cuando quisiera, que no iba a ir allí hasta que yo no me fuera. Rabieta infantil.

Pasé la mañana jugando con mi hermana pequeña y hablando con mi madrastra, y después me volví para comer en casa de mi madre. Mi padre sabe ya de mi verdadera yo, no de mi boca, sino de la de mi madrastra. Sencillamente no se lo dije yo por una rabieta que le dio. No he vuelto a hablar con él, y no tengo intención de que eso cambie en mucho tiempo. Eso sí, me quité un peso de encima que era saber que en algún momento tendría que enterarse mi padre de todo esto.



AGOSTO

Esta parte del verano puedo dividirla en dos partes: antes y después del 12 de agosto.

Entre los días 6 y 10 de agosto era el Leyendas, un festival de rock y heavy metal en Villena (norte de Alicante) para el que tenía entradas desde navidades. Sabía que iba a ir May (amiga del jugger de Cartagena, he hablado de ella varias veces, es la chica con la que estaba hablando en aquella cafetería cuando empecé a pensar en todo lo de mi transición el pasado noviembre; que además se acababa de mudar al mismo piso que yo), su hermana pequeña Melanie, dos amigos de May, María y Víctor (amigos que conocí por Internet, hablé de ellos al final de la entrada 3 y al principio de la 4 de "Cómo he llegado hasta aquí") y Ari, la chica de Málaga con la que llevaba unas semanas hablando.

Ari vino en coche desde Málaga, me recogió en Murcia hasta donde fui en autobús, y continuamos las dos hasta Villena. Era la primera vez que nos veíamos en persona. A María y Víctor les vi allí directamente, en el festival, un año después de verles por última vez tras esa semana que pasamos los tres juntos en Cullera. Para estas alturas, absolutamente todo el mundo ya estaba al tanto de mi yo auténtica, o directamente me presentaba como tal. Ya no me escondía ni faltaba nadie por "enterarse". Más de ocho meses después de haber empezado a "salir del armario".

Era mi primer festival, y tenía muchas ganas de disfrutarlo. Al igual que a mi experiencia en el viaje a Santander con Yulia, a esto quisiera haberle dedicado una entrada entera, pero quizá lo haga en el futuro. Vi algunos grupos que conocía, como Eluveitie y Dark Moor, que no había visto nunca en directo; y descubrí otros que me gustaron mucho, como los clásicos Obús o Megara, uno de los favoritos de Ari. Me compré unos cuantos souvenirs, entre ellos una camiseta de Arch Enemy que llevaba mucho queriendo tener, y un collar con púas y un corazón de metal en medio. También quisiera poder explayarme más sobre la experiencia convivir varios días con amigos en un festival, sobre todo con Ari, a quien acababa de conocer allí mismo prácticamente; una chica súper cariñosa y muy amable, que espero ver de nuevo cuando las circunstancias lo permitan. También estuve con María y Víctor, aunque algo menos de tiempo. Me alegró mucho verlos de nuevo, aunque me supo a poco.

Algo en lo que no dejaba de pensar, era que prácticamente después de volver del festival, iba a, si todo iba bien, empezar el tratamiento hormonal por fin.



El 12 de agosto, por la mañana, acudí con mi madre a la Arrixaca. Tenía cita con el endocrino para que me comunicase los resultados de los análisis. Al no haber aparentes contraindicaciones y ser los resultados normales, me indicó los medicamentos que debía adquirir. Primero tenía que hacerme una inyección de Decapeptyl, que contiene los bloqueadores de testosterona. Un mes después, el 12 de septiembre, empezaría a tomar climen, las pastillas con estrógenos.

Pese a todas las discusiones que tengo con mi madre y por mucho que me enfade a veces con ella, tengo mucho que agradecerle, particularmente por ese día. Dimos mil vueltas para poder hacerlo todo en una sola mañana, y ella me acompañó. Fuimos al médico de cabecera que tenía asignado por la Seguridad Social, que tenía que autorizarme la inyección y recetarme él tanto el decapeptyl como el climen. Tras hora y pico de espera, llegó mi turno, me dio las recetas y fuimos corriendo a la farmacia a por las cosas (tuvimos que ir a una en concreto porque el decapeptyl no lo tienen en todas partes). Gracias a estar en la Seguridad Social, y a esto me refería anteriormente con lo de ahorrarme MUCHO dinero, me costó unos 50 céntimos cada caja de 21 comprimidos de climen (me recetó dos) y la caja con la inyección de decapeptyl unos 6 euros. El climen cuesta alrededor de 6 euros la caja, y el decapeptyl supera los trescientos euros. Me resultó tan chocante que conservo la factura.

Llegamos a tiempo, todo gracias a mi madre, para ponerme la inyección, porque la enfermería iba a cerrar.

Y me la pusieron. Así, en un momento. Había ocurrido lo que llevaba tantos meses esperando. Había empezado, por fin. Recuerdo que mi madre se emocionó un poco. Yo procuré que me viera feliz con la intención de que eso le tranquilizara. Pasé con ella el resto del día, y por la tarde noche regresé a Cartagena.


Hasta el 4 de septiembre, día del examen de Sistemas, me iba a dedicar casi exclusivamente a estudiar. Desde el primer día, empecé a notar los efectos de los inhibidores de testosterona. Me levanté el mismo día 13 con un cansancio brutal, me sentía increíblemente fatigada, con una sensación parecida a haber jugado un torneo nacional los días anteriores. Pasé así cerca de una semana; además no entrené jugger por recomendación médica de no hacer ejercicio durante la semana posterior a la inyección. La semana siguiente, empecé a habituarme a la sensación, y no se me hacía tan mala. Pero aun así, me sentía cansada todo el tiempo, andaba mucho más despacio (yo he sido de paso rápido siempre); pero no tenía sueño, era simplemente cansancio. Por las mañanas, no importaba a qué hora me acostase la noche anterior o cuánto hubiera descansado, me levantaba agotada, era incapaz de levantarme antes de las 11 aun llevando despierta desde antes de las 10 de la mañana. Menos mal que esto era en pleno verano y no durante el curso.

Pasé así el resto del mes de agosto. Poco a poco habituándome a ese estado, yendo a mejor, pero igualmente cansada y con menos vitalidad, energía y líbido que antes. Sin embargo, pese a notarlo mucho en mi día a día, no era sino en jugger donde más lo noté. No aguanté más de una hora seguida entrenando en el primer entrenamiento al que fui tras la inyección. El siguiente a ese, duré hora y media. Normalmente entrenaba entre dos horas y dos horas y media, y más por horario que por cansancio. Durante los entrenamientos no corría tanto y necesitaba hacer más descansos. Era una sensación que me agobiaba, pero que poco a poco amainaba y que sabía que sería temporal, y eso me tranquilizaba. Con el paso del tiempo, los estrógenos que pronto empezaría a tomar, irían revirtiendo esos efectos y me reactivarían de nuevo. No de la misma forma que la cantidad de testosterona de antes, eso no volvería a pasar; pero me sacarían de ese estado de cansancio y falta de energía continuada.




SEPTIEMBRE

A principios de septiembre, hice el examen de Sistemas. Le había dedicado tanto tiempo, tantas comeduras de cabeza, tantas máquinas virtuales creadas y el hecho de que Dani casi me formatea el disco duro entero por accidente, que merecía aprobarlo; y no es por echarme flores. Los que me conocéis bien sabéis bien de lo que hablo.

Y conseguí aprobarlo. Era mi primer año en que lo aprobaba todo antes de pasar al siguiente curso desde que aprobé la selectividad. El fantasma de los años "perdidos" en la universidad me iba a perseguir bastante más tiempo, pero aquello fue un gran paso para dejarlo atrás del todo. Me sentía feliz, mucho. Aparte, no tenía ninguna gana de ver a ese profesor otro año entero, las cosas como son.

El día 23 empezaba el nuevo curso. Este año iba a ser más corto en cuanto a clases, ya que en marzo empezábamos la FCT (prácticas en empresas). Tenía muchas ganas.

Pero antes de eso iban a ocurrir dos cosas. El TIE y el inicio del climen. El TIE (Torneo Internacional de España de jugger, en Madrid) iba a ser el fin de semana del 14 y el 15. Debido a la gota fría, al final fuimos 5 personas solamente, el mínimo para jugar un partido . Se avecinaba un torneo terriblemente complicado.

El día anterior a salir de viaje, tomé mi primera dosis de climen, unos comprimidos de toma diaria. Los dichosos estrógenos. Los primeros efectos secundarios fueron casi inmediatos. Volví a recaer en el cansancio y la falta de energía, no tenía los niveles de antes de la inyección, pero había ido habituándome a ello, y ahora esto era otro bajón fuerte. De nuevo falta de energía, ganas de hacer cosas en general, cansancio, y por supuesto, enseguida me di cuenta de que mi antaño intensa y prominente líbido casi había desaparecido.

Iba al torneo algo preocupada por cómo podía afectar tanto la inyección del mes anterior como el climen ahora a mi rendimiento. No esperaba que el climen hiciera nada habiéndolo empezado literalmente el día de antes, pero lo otro se iba a dejar notar.

Y en efecto, lo hizo.

A última hora se nos unió como freelance Jona, un chico de Barcelona amigo nuestro, con lo que ya éramos 6 y podíamos permitirnos un recambio. En el primer partido, al cuarto punto necesité un recambio porque no podía más. Era increíble. Increíblemente vergonzoso y absurdo. Mi resistencia siempre había sido mi punto débil en jugger y en el deporte en general. Pero eso ya era exagerado hasta para mí. Honestamente, creo que nos hubiéramos retirado a mitad de torneo si no llegamos a ser seis jugadores. No sólo por mí, aunque seguro que yo habría sido el detonante. Y eso hubiera sido un varapalo muy brusco para mí, y en general para el equipo. Por suerte, nada de eso ocurrió.

Físicamente me notaba mal, llegaba a mi límite con mucha más facilidad que antes, y necesitaba descansar mucho. Sabía que era parte del efecto secundario que tenía que tener, pero aun así era algo frustrante. A mitad del día, sin embargo, la cosa empeoró. Empezó a llover con intensidad y a hacer bastante frío. Estuvimos ratos muy largos sin jugar, y en la situación en la que estábamos, nuestros cuerpos se enfriaban rápido, y mucho. Runas y yo estuvimos a ratos casi sin "poder" movernos, sentados, encogidos del frío (y mientras el cabrón de Dani, que es gallego y adora ese clima en contraste con el de Cartagena, en manga corta y tan feliz).

Después de comer, nos tocó jugar contra Verracos, uno de los equipos más fuertes de España. El partido anterior habíamos jugado contra Smuggers, y perdimos de paliza. Nunca les habíamos ganado, pero tampoco habíamos perdido, que yo recuerde, sin marcar ni un solo punto. Entre eso y el frío los ánimos estaban bajos en el equipo.

Contra Verracos, no lo hicimos mucho mejor. Yo estaba helada de frío, y con unas ganas indescriptibles de que el torneo se acabara con tal de entrar en calor. Y aun faltaba un día entero. Nos ganaron, pero pudimos meterles tres puntos. Jugamos mucho mejor que contra Smuggers (contra éstos jugamos bajo lluvia intensa), en el mismo campo, de hecho. Todo embarrado. Quizá algunos jugadores del norte estén en cierta medida habituados a jugar con frío, lluvia o barro. Nosotros no lo estábamos a ninguna de las tres cosas ni un poco siquiera. Y aunque no le dimos mucha importancia, después del torneo hablamos y llegamos a la conclusión de que había tenido cierto peso el frío, la lluvia y sobre todo el barro en nuestros resultados, además de que nunca habíamos sido tan pocos ni estábamos en nuestro mejor momento físicamente (yo tenía la vitalidad de un gusano, Marcos llevaba meses sin entrenar por trabajo, etcétera).

Sin embargo, me vi muy bien jugando contra Verracos, pese a todo. Conseguí eliminar a varios de sus jugadores consecutivamente en alguna ocasión, y pararle a Julio uno o dos kettes en carrera. Mi físico no daba para más, me sentí satisfecha conmigo misma, mi equipo me transmitió lo mismo y eso me bastaba. Era como empezar el torneo de nuevo, y mantuve esa mentalidad. No sé a qué se debió, los efectos secundarios de las hormonas seguían ahí; el frío, la lluvia y el barro también; pero yo me sentía diferente, para bien. Era como si de repente me hubiera deshecho de un exoesqueleto rígido que me limitaba los movimientos. No estaba ni de lejos en condiciones físicas de hacer un buen torneo, pero había recuperado las ganas y me sentía con más vitalidad que por la mañana.

El resto del torneo lo pasé en condiciones más parecidas a eso último descrito. El sábado después de los partidos estaba agotada, es cierto. Y el domingo sólo pensaba en dormir durante dos días seguidos cuando acabó el torneo. Pero al final lo disfruté. A excepción del último partido que jugamos, que eso ya es otra historia que queda entre nosotros y los rivales.


Durante esos ratos míos de cansancio y falta de ganas de seguir jugando el sábado, hubo un rato que estuve en los vestuarios hablando con Yulia. Le comenté cómo estaba yo, y estuvimos hablando acerca de lo complicado que sería a partir de ahora seguir el ritmo a nivel físico. Durante mi viaje a Santander y en otras ocasiones me había hablado acerca de los cambios que ella había notado a nivel físico, que eran fuertes, y eso que es la persona más preparada físicamente que conozco para hacer prácticamente cualquier deporte.

Me quedó claro que o me mentalizaba de que iba a tener que esforzarme el triple que el resto para llegar al mismo sitio, o no iba a llegar a ninguna parte. Y eso hice. Enseguida lo tuve claro, y salí de ese vestuario con ganas de esforzarme todo lo que pudiera en el siguiente partido, que iba a ser contra Verracos. Y ya he descrito arriba lo bien que fue para mí.



Esa mentalidad, ya de vuelta en Cartagena, la he seguido aplicando desde entonces. Cuando necesito descansar en un entrenamiento, me obligo a mí misma a salir un punto más antes de darme un respiro, si es posible. Cuando estoy cansada de entrenar, o simplemente no tengo ganas de seguir ese día, me quedo. Me obligo a mí misma a quedarme entrenando, sea jugando partidos o ensayando jugadas. Lo que sea. Tengo que sobreesforzarme y cuanto antes me habitúe a ello más fácil me va a resultar todo.

De hecho, como único efecto positivo del tratamiento hasta ahora puedo mencionar algo. No es algo provocado por el tratamiento, sino de forma indirecta. Hacía años, bastantes, que no me sentía con tanta fuerza de voluntad como ahora. Y es agradable.

He empezado el curso, y aunque las tareas que manden sean literalmente para dentro de dos meses, las hago el mismo día que las mandan. También estoy dedicándome a estudiar cosas por mi cuenta, buscando tanto adelantarme al temario para que no se me acumule, como para complementar con más conocimientos de programación y demás (parte de esa actitud la debo a charlas con Yulia).

En resumen, mi vida ahora mismo en cuanto a todo lo no relacionado con mí misma, ni con el tratamiento y la transición en general, va casi mejor de lo que nunca ha ido.




OCTUBRE

Llevamos apenas una semana de octubre. Este jueves tengo la primera "revisión" periódica con la psicóloga en la Arrixaca, con lo que me perderé toda la mañana de clases. La siguiente cita seguramente sea ya después de Navidad.

Por un lado estoy tranquila, me siento en parte acomodada, quiero decir: tal y como he descrito en las entradas anteriores, no he pasado unos buenos años estos últimos, he encontrado una disciplina académica que me fascina y tengo bastante claro el camino que quiero seguir, los resultados que tengo son los que espero, y eso me da tranquilidad que no tenía desde que empecé la Universidad hace años. He empezado ya, por fin, el tratamiento hormonal, y ya sé que tarde o temprano todo  lo que tiene que llegar, llegará. Ya no depende de mí el que esto vaya más rápido o no, antes de haber empezado el tratamiento sí dependía de mí, y por eso estaba tan agobiada.

Esta entrada ha sido extremadamente larga y pesada de leer, y lo siento. Está escrita fatal en comparación con las otras, porque me he centrado más en la cantidad que en la calidad. Faltan detalles, vivencias, muchas cosas. Pero no puedo plasmarlo todo. Sobre aquello que pueda, haré entradas más adelante, como el TIE, el Leyendas o el viaje con Yulia. Pero antes de terminar, quiero escribir sobre el motivo de la entrada en sí, lo que quería decir realmente. Aunque suene absurdo, todo lo que he escrito encima de este texto era una introducción para lo que viene ahora. No es mucho, ya queda poco para terminar.



Es probable que esto suene hasta típico. Pero no está siendo nada fácil. Mantengo la cabeza ocupada como puedo en los entrenamientos de jugger y en el curso, porque no quiero pensar. Simplemente no quiero pensar. Algo que me "ayuda" a centrarme tanto ahora en esas dos cosas es el mantenerme la cabeza ocupada como sea.

Varios párrafos arriba he escrito que estaba más sensible y con menos paciencia en general. Es cierto, y desde que empecé con los estrógenos he notado un cambio a peor en eso. Me cuesta más que antes, bastante más, mantener el buen humor. Pese a estar agusto con mi vida en varios aspectos, no en todos, esto no es como antes. Quizá tenga que ver la falta de vitalidad y energía en general, que me quitan las ganas de hacer cosas. Cosas que antes me llenaban o gustaban, o bien no lo hacen tanto como antes, o directamente no lo hacen ya.

Cosas que antes no me importaban o que me molestaban poco, ahora me incordian bastante más. Ya no me siento indiferente a la expresión de "tío" a modo de referencia neutra en cuanto a género por defecto. Antes me daba igual, ahora no. Antes me afeitaba cada dos o tres días con cuchilla. Hoy, no hay día que no me afeite, y suelo molestarme conmigo misma cuando lo hago. No es agradable mirarme al espejo todas las noches, ver algo que no quiero ver y quitármelo, para que al día siguiente esté de nuevo ahí. Y qué decir de los sofocos. He empezado a sentirlos nada más empezar los estrógenos. Golpes de calor repentinos que vienen y van como si nada. Y reflejos, ¿eso se come? En jugger los estoy echando bastante de menos últimamente, siento bastante la diferencia. He empezado a sentir también esa sensación de que tu cuerpo no responda físicamente. Que mentalmente esté lista para echar una carrera, coger el jugg, hacer forcejeo con el arma del rival, o ponerme en la posición perfecta para recibir el tiro del kette rival. Y que mis piernas de repente no respondan como debieran, se muevan más lentas, sin entender por qué. Es muy, muy frustrante.

Actualmente rara es la vez que salgo de casa sin maquillaje, cosa que antes era lo normal. Madrugo más para ponerme algo de maquillaje antes de ir a clase. Mi ropa unisex, prácticamente solo camisetas, empieza a no gustarme. A los que os he hablado de ello siempre me habéis oído decir que nunca dejaré de usar ropa de chico del todo, pero no lo siento igual que antes. O bien me masculiniza, o no me feminiza lo suficiente. Así es como lo siento cada vez que me veo con una prenda unisex. Y no me gusta. Pero tampoco tengo tanta ropa ni ganas de gastarme un dineral en ella, compro poco a poco y lo que puedo. Si no, me vuelvo loca.

Y bueno, el afeitado son cinco minutos, La depilación entera, es otro mundo. No es a diario, por supuesto. Pero bastante frecuente. Pronto empezaré el tema de la depilación láser. Ah, más gastos.



Podría poner muchos más ejemplos, pero no acabaría. Podría hablar del tema de la voz, que llevo tiempo notándola más grave de lo habitual, y eso no tiene sentido y posiblemente esté solo en mi cabeza, pero no lo puedo evitar. O de, sencillamente, que por primera vez en mi vida no me gusta mirarme al espejo. Por todo. Desde hace algunos días, he dejado de tener clara mi posición respecto a la posible (o no) vaginoplastia, que aun sabiendo que ese tipo de cosas se deciden con el paso del tiempo, siempre tuve clara. Pero en cualquier caso, faltan años para eso.

Tampoco puedo pedir más llevando tan poco tiempo con el tratamiento. Intento seguir un consejo que doy a menudo en circunstancias como esta, es decir, en algo temporal, y es el aferrarme a saber que esto va a ser algo temporal y que pronto empezaré a notar algunos pequeños cambios, que irán llegando con los meses, e irán yendo a más.

Hasta ahora era consciente de que por mucho que cambiase, no iba a poder ser igual que una chica cis de nacimiento, o una chica trans que empezase todo el proceso antes de su pubertad. Esa es otra, en cierto modo esto es una segunda pubertad, no solo a nivel biológico. El cuerpo cambia, tengo que descubrirlo poco a poco. Y tengo que habituarme a mi yo auténtica poco a poco; a veces ni siquiera me reconozco. Sé que puede sonar un poco delirante, pero es tal cual lo he sentido a veces. Y todo esto ha sido solo en este último mes, no antes. Tengo preocupaciones que antes no tenía. Ya sabía que mi cuerpo podía tener limitaciones en cuanto a cambios físicos. Antes lo tenía asumido, ahora empiezo a sentir como si no hubiera sido así y no terminase de aceptarlo. Es complicado.

Experimento sensaciones que bien podría haber tenido durante mi infancia o adolescencia en cuanto a mí misma, mi físico y mi identidad. Inseguridades, miedos y complejos. Pero que no había tenido nunca, al menos no así. No las había experimentado de esta manera. No siempre tengo claro cómo reaccionar a ellas, o cómo evitarlas. No es algo nada agradable.

Cualquier cosa que pueda pasar de aquí en adelante es mejor que haberme quedado como estaba, ahora que tengo claro quién soy. Por eso desde el minuto uno que tuve claro quién era yo misma realmente empecé a visibilizarlo. No esperé. No quería esperar, ni se me pasó siquiera por la cabeza. Pero el camino que tengo delante es gris, y no se ve bien lo que tengo delante, ni mucho menos lo que hay al fondo. Puede no gustarme, eso puede ser normal. Pero puedo no estar agusto con ello, y eso es algo muy, muy distinto. Soy yo, mi cuerpo, y es lo que me queda para el resto de mi vida. No tengo otra cosa.

Tengo que habituarme a esto, tarde o temprano. De momento no es fácil, pero será cuestión de tiempo. Es difícil de imaginar la cantidad de cosas que a diario tengo que tratar como normales, porque hasta ahora lo eran, pero desde hace algún tiempo no lo son. 
Algo tan simple como el qué me pongo este día en concreto de ropa, con montones de razones para una cosa u otra de por medio. Eso antes no era así. Es como si muchas cosas que ya tuviera predefinidas en mi vida tuvieran que cambiar de repente. Algunas ya lo habían hecho, pero ahora son muchas más y todas a la vez. Es como volver a hacerme a mí misma en muchos aspectos. Tengo que volver a empezar.


Siento que haya sido una entrada tan pesada de leer y un final tan poco agradable. Quizá se ha hecho más pesada por la ausencia de fotos a partir de abril. No he querido poner ninguna más reciente, y puede que durante un tiempo no lo haga. Pensaba subir vídeos donde me grababa periódicamente hablando sobre todo esto que he escrito, cambios que he ido notando, etcétera. Pensaba hacerlos cada quince días, desde la inyección de los bloqueadores en agosto. Hice dos vídeos, y cuando fui a hacer el tercero, simplemente no quise. O no pude. La verdad es que no lo sé, pero he descartado esa idea.

Me siento un poco mejor habiendo escrito esto, si sirve a alguien de consuelo. Llevaba tiempo guardándolo, y sacarlo un poco me ha venido bien. Procuraré retomar esto y escribir de vez en cuando, la verdad es que me apetece.




Un saludo a todos, chicos.

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